.:.:Capítulo quince:.:.
Saliere miraba la puerta de vez en vez, estaba dando vueltas nerviosamente por la cocina.
Se sentía muy inquieta, hasta un poco desesperada: ya era noche cerrada y había quedado con Albert al anochecer terminando la cena, nadie lo había visto por horas e incluso había faltado a la cena. Afortunadamente el postre no fue nada horneado así que en realidad nadie notó su ausencia aparte del salerito.
De pronto sintió una punzada en el pecho, la hizo detenerse y temblar de pies a cabeza, como si algo realmente malo hubiera pasado, y el rostro de Albert no se borraba de su mente.
Sin pensarlo ni un segundo, salió corriendo de la cocina.
“Último piso de la torre sur.” repetía incesantemente la voz de Albert en su cabeza mientras corría por pasillos y escaleras. Ni siquiera pensaba en la posibilidad de caerse y romperse, tenía que llegar allá lo más pronto posible.
Al llegar a la torre soltó un gemido de desesperación, se detuvo a recuperar el aliento mientras miraba las escaleras, ya estaba exhausta y esos escalones parecían interminables
Tras descansar unos segundos comenzó a subir las escaleras. Le pesaban las piernas, cada paso era más difícil al anterior y conservar la velocidad terminó por ser imposible. Tenía tan pocas energías al terminar de subir que sentía caer de rodillas al suelo, lo cual habría sido catastrófico.
-¡ALBERT!- exclamó descubriendo que incluso gritar era difícil mientras caminaba y buscaba el lugar descrito.
-¡Albert! ¿Estás aquí?- Si no lo estaba no tenía idea de donde más buscarlo, lágrimas de desesperación comenzaron a luchar por salir.
Se detuvo para recuperar fuerzas e intentar calmarse, no debía permitir que una sola lágrima le nublara la visión ni le redujera las fuerzas, respiró profundo mientras se juraba a si misma no llorar hasta que todo terminara.
-Albert…- repitió de pie en medio del pasillo, temblando -¡Albert! ¿Me escuchas?
Volvió a caminar, llamándolo. Cada vez más fuerte, cada vez más decidida, pero él no le respondía.
Al entrar a una habitación volvió a detenerse como si se hubiera congelado, había encontrado el tapiz manchado de vino al final del cuarto notoriamente cubriendo a alguien sentado, con una tenue coloración rojiza alrededor del suelo. Llegó hasta él en un par de pasos, y lo levantó.
Sus piernas se doblaron de la impresión, apenas controlando su cuerpo se arrodilló frente a Albert desmayado y obviamente con un sangrado reciente, con la puerta atorada entre la placa y su espalda.
Golpeándose repetidamente la frente acalló la idea de que todo estaba perdido al acercar la mano a su rostro y sentir su respiración. ¿Y ahora qué iba a hacer?
Estaban tan solos y tan lejos…
-Albert…- repitió con voz temblorosa, tomándolo suavemente por los hombros -Albert, ¿me escuchas?- Parecía que no.
-Albert, despierta, por favor…- Desesperada miró de nuevo y evaluó la situación. ¿Qué había que evaluar? ¡Tenía que sacarlo! Se levantó y empujó la puerta hacia arriba con todas sus fuerzas.
Ante su sorpresa la puerta cedió un poco, volvió a empujar y la puerta finalmente cedió con tanto estrépito que Saliere casi cae de bruces al dejar de ejercer fuerza. El joven recién liberado caía de espaldas, y apenas alcanzó a detenerlo por la camisa y la placa. Recuperó el equilibrio suficiente para bajar hasta el suelo.
-Albert…- repitió una vez más, con él recargado sobre ella, la placa estaba sobre su cabeza, el metal de ambos estaba en contacto.
Y entonces se dio cuenta: la placa estaba casi separada de la espalda de Albert, en medio de una gran mancha de sangre seca. Si se movía la placa caería hacia atrás, quién sabe con que consecuencias.
-Albert, por favor despierta.- dijo suavemente, sosteniéndolo con un brazo y acariciando su mejilla con la otra mano, necesitaba desesperadamente escucharlo, sólo con eso sabría que todo estaría bien.
Casi contradiciendo la voluntad del cuerpo los párpados del joven comenzaron a temblar y tras unos instantes logró abrir los ojos, aunque no veía más que obscuridad. Recuperar la conciencia fue recuperar el dolor -do…¿dónde estoy?- balbuceó parpadeando repetidamente esperando distinguir algo.
-Tranquilo.- susurró Saliere, sintiendo un poco de alivio -Estoy aquí, estarás bien.- acarició su mejilla con suavidad, no quería que se desesperara e hiciera algo que lo lastimara más -Te atoraste. Escúchame, tengo que sacarte de aquí.
-¿Sali?- El joven la miró confundido, adivinando su silueta al reconocer su voz –Perdóname… las sombras… me atoré… soy un inútil…- dijo torpemente creyendo estar soñando aún.
-No te preocupes.- murmuró ella intentando consolarlo -No temas, no hay sombras.- besó su mejilla con cariño, no entendía de que hablaba, pero lo escuchaba desolado -Pero necesito que me ayudes a sacarte de aquí, o te pondrás peor.
-No…no puedo moverme.- balbuceó el joven mientras trataba de lidiar con el dolor y recuperar la conciencia del todo o al menos la vista.
-Está bien.- continuó ella sin dejar de acariciarle la mejilla -Sólo aguanta, ¿sí? Trata de no volver a desmayarte. Quédate conmigo.- Suspiró, miró de soslayo a su alrededor pensando que hacer.
Albert se esforzó en concentrarse en aquella insistente caricia, tanto que el dolor comenzó a menguar o él empezó a olvidar.
-Perdóname.- pronunció cuando por fin logro enfocarla, lucia preocupada, demasiado preocupada -Siempre me hallas así: atorado e inútil.
-No me preocupa que te atores y te inmovilices…- dijo el salero bajito, esperando que con ese tono de voz pudiera mantenerlo tranquilo. Acarició su mejilla una última vez, antes de estirarse para alcanzar la mesa que estaba caída frente a ellos -…lo que apenas soporto es que te sientas triste.
Cuando sus dedos aferraron la pata de la mesa repentinamente se dio cuenta de lo que acababa de decir: necesitaba a Albert. Necesitaba sus atenciones, su sonrisa y su voz, sus “Buenos días.” por la mañana y sus despedidas por la noche.
No necesitaba que la rescatara de las calamidades causadas por su mala suerte, lo necesitaba porque finalmente ella misma se sentía una persona, y una persona necesita a alguien más junto a ella.
Acercó la mesa y con cuidado la acomodó para que Albert se recargara en ella, se levantó lentamente y sujetó el tapiz, jalándolo para arrancarlo. Se acercó e intentó vendar a Albert, pero el tapiz estaba pesado y la placa era muy grande. Resultó imposible, el tiempo corría.
-Albert, voy por ayuda…- dijo por fin, desesperada -…volveré pronto, por favor resiste.- se agachó de nuevo junto a él, y besó su mejilla -Espérame, por favor.-
-Toda mi vida.- sonrió el joven antes de volver a desmayarse.
Saliere volvió a luchar contra las lágrimas, no podía llorar aún. Se levantó rápidamente y volvió a correr, las piernas le pesaban pero era algo que tenía que ignorar, lo que Albert estaba
sufriendo no tenía comparación con su cansancio.
Al llegar al inicio de las escaleras comenzó a pedir ayuda a gritos, buscando a cualquier habitante del castillo que pudiera ayudarla.
Pasillos vacíos. No había nadie. No pudo seguir corriendo, se
detuvo a recuperar el aliento recargada en una pared, y sin pensarlo seguía suplicando por ayuda.
-Sacude, sacude, sacude…- el inconfundible sonido de la falda de un plumero comenzó a escucharse al final del pasillo acompañado por la melodiosa voz de Babette.
-¿Hay alguien?- preguntó la chica, separándose un poco de la pared y reconociendo la voz -¡Babette! ¡Auxilio!- sus ruegos ya eran desesperados -Albert… yo no…
La aludida se detuvo un instante, estaba feliz y por eso sacudía a pesar delo avanzado de la noche y la lejanía de la cocina, escuchar a alguien más en esas circunstancias era realmente extraño, ni siquiera había entendido algo más que su nombre.
Con curiosidad se acercó, entre las sombras le era difícil distinguir –Jummm, éste sería un buen momento para tener a Lumiere conmigo. De nuevo jijiji.- rió traviesa mientras caminaba -¿Hola? ¿Hay alguien ahi?-
-¡Babette!- el salerito por fin se liberó de la pared y caminó hacia donde creía ver al plumero -Soy yo, Saliere. Albert está atorado en el último piso de ésta torre, y está muy herido.
Necesitamos ayuda, por favor. ¿Puedes ir a la cocina a avisarle a Armand?
Se dio cuenta de que ella misma no sabía que hacer. ¿Seguir buscando? ¿Volver? -Por favor, ayúdame a buscar ayuda.- suplicó débilmente, tenía tantas ganas de llorar.
-¿Saliere?- repitió la bella chica, le era difícil ver. De pronto recordó -La Luna, ¡claro!- sonrió y fue a descorrer una de las cortinas, el pasillo se vio iluminado por los rayos
Lunares.
-Ah, vaya, pero si eres tú.- dijo sonriente y hasta entonces cayó en la cuenta del resto de lo que su compañera había dicho -¿Albert? ¿La palita? ¿Herido? Mon deu! ¿Pero cómo? Bueno, espera, me contarás después. Yo voy a buscar ayuda.- exclamó asustada. –
-Tú… bueno… tú…- pensó -…regresa con él. ¡Sí, eso! No puedes dejarlo solo ahí en la oscuridad. Regresa y dile que vamos para allá- sonrió y se dispuso a marcharse, pero tras dar unos pasos se detuvo y regresó con el salerito –Tranquilita, ¿si?- musitó y le acarició la mejilla con sus suaves plumas, acto seguido desapreció en el pasillo.
-Gracias.- susurró con voz temblorosa, y no se planteó nada más que volver con Albert al ver alejarse a la hermosa joven.
Exhausta, llegó de nuevo a donde él estaba aún atorado. Lo sostuvo un momento mientras quitaba la mesa y volvía a permitir que se recargara en ella. Acarició su mejilla sin mucha esperanza de que
despertara. Al menos si seguía desmayado no sentiría dolor.
Poco después, en otra ala del castillo una voz irrumpió el sueño de todos.
-¡Un herido! ¡Albert Herido! ¡Rápido, despierten, despierten!-Babette daba la alarma hiperactivamente en los armarios y alacenas cercanas a la cocina, cuando finalmente llegó a ésta eran ya varios los enseres encantados que la seguían para que les explicara mejor aquel pregón.
-¡Albert herido! ¡Albert herido!- repetía mientras su plumero se movía frenéticamente.
Armand despertó sobresaltado por los gritos, y lo que decían los gritos. ¿En qué momento se había quedado dormido?
Miró a Suiky dormida recargada en él, estaba tan tranquila, ¿debía despertarla? Si la despertaba y escuchaba que Albert estaba herido se asustaría y preocuparía, y si no la despertaba, cuando finalmente se enterara de las cosas, se enojaría con él.
Mejor la despertaba.
-Suiky…- la llamó suavemente, mientras la movía con cuidado -…despierta, Albert…- suspiró, ¿cómo iba a decirle? -Despierta, preciosa.- Acarició su mejilla con el dorso de su mano.
-Mmmhhh, dormiiiir…- Suiky se acurrucó junto a su batidor negándose a despertar, pero entonces escuchó los gritos y entendió los gritos.
-¡ALBERT!- asustada abrió los ojos y se levanto tan de golpe que incluso perdió el balance.
Armand apenas alcanzó a detener la caída de Suiky, al equilibrarse un poco, la abrazó -Tranquila, todo va a estar bien…- susurró a su oído -…no le ayudaremos si estamos asustados.
En aquellos brazos y por un instante la azucarera creyó sentir el latido de su corazón asustado, exhaló –Si, ¡pero vamos! Albert… rayos, ¿cómo es que nos quedamos dormidos sin verlo llegar? Otra vez. Seguro se atoró.- comentó angustiada.
Armand se levantó y tomó la mano de la azucarera con firmeza. Miró a todos los enseres que se habían movilizado y desordenadamente caminaban por la cocina.
-¡MUY BIEN, ALTO!- exclamó con una voz potente e imperativa, con lo que todas las cabezas giraron hacia él.
-No creo que Albert nos necesite a todos, debe estar atorado.- continuó con tranquilidad. -Atorado en un lugar pequeño. Necesito solo a 4 personas: pequeñas y fuertes.-
Miró a todos los presentes, aún se veían asustados. Él mismo aún estaba asustado.
-Tranquilos, todo estará bien.- dijo para convencerlos y convencerse.
Babette se acercó sutilmente al batidor –Armand, creo que necesitas más que eso. Verás, Saliere dijo que estaba atorado, sí. Pero también puntualizo, y mira que su cara lo hizo con creces, que estaba MUY herido.- pronunció bajito, pues notaba que ya había causado suficiente escándalo.
Armand suspiró -¿Donde dices que está?- preguntó en voz baja -No veo porque llevar mucha gente si el lugar es reducido, sólo lo pondríamos más nervioso.- miró de nuevo a todos los que estaban en la cocina.
Si Albert estaba muy herido, supuso que la placa se le había rasgado de la espalda. ¿Completamente? Apretó un poco más la mano de Suiky, que no había soltado.
La azucarera sintió un destello de tranquilidad al escuchar el nombre de Saliere, si ella estaba con Albert nada demasiado malo podría pasar. Por desgracia aquella puntualización de MUY herido la inquietaba, sintió el apretón de Armand y le acaricio la mano -Tienes razón, necesitas poca gente, pero yo tengo que ir, voy a buscar algo semejante a primeros auxilios.- sonrió.
-Suiky…- dijo Armand soltando su mano suavemente -…por el momento solo trae una cuerda muy larga. Debemos sacarlo rápido de ahí, ya lo atenderemos aquí en la cocina.
Volvió a dirigirse a los demás, más tranquilo: la incertidumbre sobre lo que debía hacer ya no era tan grande.
-Necesito que alguien aquí me prepare agua caliente, vendas, trapos y yeso. Y conmigo irá… ehm….- Rayos, no era el momento de que la memoria le fallara. -¡Tú! ¡La pimienta! Siempre se me va
tu nombre, disculpa.
Stephano, el pimentero, era como un gemelo de Saliere, físicamente sólo diferían en el género, y en que la pimienta era de metal. Todos los demás enseres de tamaños parecidos eran más grandes, y no podrían acomodarse bajo la placa. ¿Qué más? Alguien que pudiera pasar detrás de Albert para sostener su placa y atarlo.
-¡Leviat!- exclamó, el volteador parecía ser el indicado. Era delgado y fuerte -Tú también vienes, por favor…- Suiky ataría a Albert y…
-¡Luz! ¡Necesito luz!- agregó buscando voluntarios con la vista.
-Yo iré.- respondió rápidamente una voz melodiosa y fuerte, era Maurice, una pequeña vela, siempre solícito y alegre, a nadie le extrañó que fuera el primero en ofrecerse.
-Bien, muchas gracias, creo que con eso es suficiente. ¿A alguien se le ocurre algo más?- preguntó sonriendo… silencio… -Entonces vámonos.
El pequeño grupo de enseres se abrió paso entre los demás, y notoriamente nerviosos salieron de la cocina.
¿Qué tan mal estaba Albert? Armand era el más nervioso, no había tenido que enfrentarse a algo tan difícil nunca antes, ¿podría controlar la situación?

